La Iglesia desea que todos sus hijos tengamos la misma actitud de expectación que tuvieron los profetas del Antiguo Testamento, ante la venida del Mesías. Considera como una parte esencial de su misión hacer que sigamos mirando hacia el futuro. Nos alienta a que caminemos vigilantes, dirigiendo nuestra mirada hacia la luz que sale de la gruta de Belén. Es el momento de apartar los obstáculos si no vemos con claridad la luz que procede de Belén, de Jesús.
Los verdaderos enemigos que luchan sin tregua para mantenernos alejados del Señor, están en el fondo de nuestra alma: la concupiscencia de la carne, la de los ojos y el orgullo de la vida. La concupiscencia de la carne es -además de la tendencia desordenada de los sentidos en general, el desorden de la sensualidad-, la comodidad, la falta de vibración que empuja a buscar lo más fácil, lo más placentero, el camino más corto, aun a costa de ceder en la fidelidad a Dios. La concupiscencia de los ojos, es una avaricia de fondo, que lleva a valorar solamente lo que se puede tocar. La soberbia de la vida hace que la inteligencia humana se considere el centro del universo y vuelva la espalda al amor de Dios. Puesto que el Señor viene a nosotros, hemos de prepararnos con una Confesión llena de amor y de contrición.
Estaremos alerta a la venida del Señor si cuidamos con esmero la oración personal, si no descuidamos las mortificaciones pequeñas, si hacemos un delicado examen de conciencia. Salgamos con corazón limpio a recibir al Rey supremo. Nuestra Señora espera con gran recogimiento el nacimiento de su Hijo. Junto a Ella nos será fácil disponer nuestra alma para la llegada del Señor.
Textos basados en ideas de “Hablar con Dios”, de F. Fernández Carvajal.